“¡Viva Petronilo Flores!” así comienza el cuento “El llano en llamas” de Juan Rulfo, según el autor, con aquel grito de guerra los federales asustaban a los rebeldes encabezados por Pedro Zamora, quien acompañado del “pichón”, hombre que narra la historia, “el chihuila”, “la perra” y los cuatro hermanos Benavides huían entre pólvoras y polvaredas para replegarse en diversas regiones del Estado de Jalisco, cabe señalar que la trama se desarrolló en el México posrevolucionario de 1940.

Luego de diversos enfrentamientos, repliegues y reagrupamientos de ambos bandos, la historia llegó a su fin cuando los rebeldes decidieron descarrilar mortalmente el tren de los federales en la cuesta de Sayula, por tal motivo, el poder del estado desbordó su furia con ataques y emboscadas hasta lograr el desmantelamiento de la banda de los zamoristas. Según la narrativa rulfiana, Pedro Zamora partió a la Ciudad de México detrás de una mujer y allá lo mataron, mientras que al “pichón” le esperaba un desenlace inesperado.

En este sentido, la aventura rulfiana parece que invadió al Partido Revolucionario Institucional y en especial a José Antonio Meade, el candidato presidencial que comenzó pidiendo adopción a los priistas confiado en que sería terso el proceso, sin embargo, ya se dio cuenta de que en política casi todo es finta y ficción, aunado a lo anterior, y para reforzar la tesis de que lo iban a dejar solo, el llano de Insurgentes Norte terminó por incendiarse la mañana del martes 2 de mayo, cuando circuló la versión del enroque de Enrique Ochoa, al instante, Meade comenzó a desconfiar de todo y de todos, pues su equipo compacto interpretó el cambio de dirigencia no como un reagrupamiento de fuerzas en torno a la candidatura presidencial, sino como una estrategia solamente dirigida en ganar el mayor número de diputaciones federales y senadurías para negociar con el próximo titular del poder ejecutivo federal.

Ahora bien, sabemos que la fuerza priista del 2012 se ha perdido, y más allá de los precarios resultados en economía, empleo y seguridad de la presente administración federal, las gotas que derramaron el vaso de la confianza ciudadana fueron los ilícitos cometidos por más de una decena de gobernadores del PRI, mismos que abusaron del poder y que actualmente cumplen condena o están en proceso de sentencia. Por lo tanto, lo último que necesitaba José Antonio Meade en este momento era un golpe de timón a ese nivel, fue como si el sistema hubiera dicho: “aquí nadie es indispensable”, dicho de otro modo, movieron innecesariamente las piezas del ajedrez tricolor, un ajedrez al que solo le queda un rey, un alfil y un peón.

Durante la presentación de René Juárez Cisneros como nuevo peón del rey, pudimos apreciar la sonrisa nerviosa de Meade el alfil, sin embargo, su nerviosismo se convirtió en temor cuando el guerrerense dijo que estaba frente a “una unidad real sin simulaciones y sin falsas poses”, líneas discursivas que José Antonio leyó a la inversa, es decir, comprendió que todo es simulación y pose.

Al salir del evento, Meade se sintió descontrolado, hecho similar al que vivió el “pichón” en la escena final de “El llano en llamas”, narración que describe a una mujer abordándolo a la salida de la cárcel para decirle: “¡Pichón, te estoy esperando a ti!”, entonces el bandido internamente y sobresaltado se dijo: , sin embargo, aquella mujer solo quería presentarle a su hijo.

Y así fue como José Antonio partió realmente contrariado de Insurgentes Norte rumbo a la Colonia Fortín Chimalistac al sur de la Ciudad de México, silenciosamente invocaba la sabiduría de los padres fundadores del PRI, los ilustres Plutarco Elías Calles, Lázaro Cárdenas y los contemporáneos Adolfo Lugo, Ignacio Pichardo, Humberto Roque y Roberto Madrazo entre otros, pero parece que estos también le han dado la espalda.

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