El muralista jalisciense José Clemente Orozco creó el mural al fresco “el pueblo y sus falsos líderes”, obra imponente ubicada en el Paraninfo de la Universidad Autónoma de Guadalajara, en él, se revela a un pueblo enardecido y harapiento en posición de ataque contra sus gobernantes, la citada escena sobresale a un fondo en llamas, elemento que permite destacar la violencia del acto.

Sin embargo, el pueblo retratado por Orozco, al estar moribundo, lisiado y débil, demuestra que será imposible que logren sobreponerse a la fuerza del sistema, sus leyes y capacidad de reacción armada, parece como si el muralista se hubiera asomado al futuro, o más bien dicho, a nuestro presente, y así, derramar pigmentos retratistas de la presente lucha electoral por la presidencia de México.

Ahora bien, para los pregoneros de un ilusorio estallido social derivado de un supuesto fraude electoral tengo una pregunta, ¿en verdad existe un tigre bravo que saldrá enloquecido a las calles para enfrentar a la fuerza del estado una vez concluida la jornada electoral?, de ser cierto, partamos de la premisa de que todo tigre necesita un alimento para su ira, y éste, aun no le ha llegado.

La idea que pretenden vender con ese supuesto, es la de crear un imaginario colectivo, donde, aparecerán miles de neo-revolucionarios, quienes, actuarán como los de 1910 en la defensa de su patria; sin embargo, olvidan que aquellos se sumaron a revuelta sobrecargados de valor, el cual, derivó de abusos excesivos de una casta política que los había dejado sin tierra, sin posibilidades de educación y sin posibilidades de movilidad social derivada de oportunidades laborales consolidadas.

¡No señores!, los mexicanos de hoy, para bien o para mal, cuentan con un trabajo medianamente estable, con ingresos, que, aunque reducidos, les permite medio mantenerse tanto a ellos como a sus hijos, otros cuentan con automóvil nuevo, usado o importado de manera ilegal que les facilita movilidad, y la gran mayoría, tienen una despensa básica para medio alimentarse tanto ellos como sus familias, si observamos estos “beneficios” del ciudadano de hoy, identificaremos que fueron inexistentes en 1910.

Así mismo, y relacionado al párrafo anterior, vale la pena considerar el temor que sienten las personas al imaginarse una revolución, ya que por naturaleza, los seres humanos temen al cambio abrupto, siendo así, ningún mexicano con capacidad mínima de razón, consciente de lo mucho o poco que tiene en su bolsillo, se atreverá a participar en una lucha armada en la defensa de ningún candidato, si acaso, unos cuantos, pero no pasará de un evento tan pequeño y aislado como se ve en los linchamientos de barrio en contra de un delincuente que cometió un ilícito.

No es que México tenga ciudadanos cobardes, simplemente, estos saben bien que no vale la pena iniciar una revolución por alguien que al fin y al cabo no deja de ser un político, un hombre de promesas, que, aunque provengan de la buena intención, nunca se sabe si en verdad serán cumplidas, en suma, en estos tiempos nadie está dispuesto a perder nada, menos arriesgar el piso mínimo básico de desarrollo que le acompaña por una aventura sexenal.

No estoy de acuerdo con aquellos que afirman que México tiene las condiciones objetivas y subjetivas para detonar un estallido social, pues aún faltan mayores carencias, dolores y sufrimientos en el pueblo que sean provocados por sus falsos líderes, por lo tanto, termino citando “El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha” de Miguel de Cervantes Saavedra, “las tristezas no se hicieron para las bestias, sino para los hombres, pero si los hombres las sienten demasiado, se vuelven bestias”.

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