Me gustó mucho esta frase de autor anónimo: “Un día alguien te abrazará tan fuerte que todas tus piezas rotas volverán a unirse”. 

Dicen los que saben que al ser humano le hacen falta 7 abrazos en el día para sentirse amado. El contacto del cuerpo con el calor del otro, nos transmite energía suficiente como para poder sentir que somos capaces de conquistar el mundo. Llenar nuestro cerebro de sustancias químicas, como la serotonina o la dopamina, que irrigan todo nuestro ser con la agradable sensación de bienestar y equilibrio emocional que nos hace ser funcionales. 

Llenar nuestro entorno de buenas vibras, con miradas de aprobación y sonrisas contagiosas, o vivir en la intimidad, caricias y besos, eso es lo que nos hace diferentes dentro del reino animal. Somos seres sociales necesitados de afecto y amor. De cercanía y palabras que alimentan el alma. Pero los abrazos, creo yo, están un paso adelante por todo el cúmulo de sensaciones y vivencias que te hacen sentir más allá de lo erótico. 

Un abrazo puede ser tan limpio como el que le damos a nuestros niños cuando son bebés, o a un amigo caído en desgracia. Hay abrazos que no se olvidan, que siempre recordaremos con ternura y nostalgia, sobre todo aquellos que hemos recibido de tal forma que nos han regresado la paz y la calma, la seguridad de que no estamos solos. Abrazos como los que guardo desde hace meses para mis amigos, cuando los vuelva a ver. Y qué decirles, del que tengo en mi corazón anidado para cada uno de mis hijos, que tanto he extrañado en este tiempo de confinamiento.  

Un abrazo sincero y de corazón, se siente, se vive. Quien lo da y quien lo recibe, mejoran su autoestima, generan neurotransmisores que aumentan el nivel de bienestar, generando relajamiento, tranquilidad y sentimientos de alegría y felicidad. Puedo asegurar que es el mejor antídoto para el estrés, la ansiedad o el mal humor.  

Hoy recuerdo con mucho cariño a mi padre que, en ocasiones, después de sus jornadas de trabajo, sentado en su sillón de palma tejida, jugaba con nosotros cuando éramos niños y de repente sacaba una moneda y gritaba para que lo escucháramos desde donde estuviéramos distraídos: “A peso los besos, a peso los besos”. Todos corríamos a ganarnos aquel pedacito de metal que mantenía elevado sobre su cabeza mientras nos esforzábamos para llegar en primer lugar. Así llenaba su necesidad de abrazos y besos de sus hijos. 

Todavía recuerdo que cuando mis hijos eran pequeños había una serie de televisión llamada Teletubbies que motivaba a los niños a darse abrazos y esa frase inolvidable ¡abachos! y ese sol maravilloso que nos mostraba una carita de bebe, con unos ojos expresivos, tiernos e inocentes, que me hacen reflexionar que, si los adultos sentimos esa necesidad de recibir abrazos, ¡cuánto mayor será la de un niño! 

Científicos hicieron un experimento que a mi parecer resulta muy ilustrador de lo que les vengo comentando. Resulta que intentando conocer el efecto que tiene en el ser humano el contacto y la cercanía de sus padres, tomaron cierto número de pequeños neonatos y los dividieron en dos grupos. A uno de ellos se les permitió que se les acariciara, que se les tocara, que se les cantara y arropara con todo el cariño de sus progenitores; al otro, se les separó de toda manifestación de amor, aun cuando se les prodigaron todos los cuidados necesarios para su sobrevivencia. 

El resultado fue demoledor. Aquellos que recibieron el cariño y la atención amorosa de sus padres, estaban sanos, eran niños que respondían a cualquier estímulo de inmediato y habían ganado peso. En tanto aquellos que fueron tratados con frialdad, alejados de caricias y arrullos, mostraron retraso en su desarrollo psicológico y una degeneración física, que incluso en alguno de ellos, lo puso en riesgo de morir. 

¡Cuán necesario para el ser humano independientemente de su edad, sentirse amado y aceptado, rodeado de manifestaciones de cariño y de abrazos sinceros y amorosos! Sin lugar a dudas, la mayor de las pruebas durante esta pandemia ha sido la abstinencia de ellos. Pasados los riesgos de salud, hago votos porque nunca falten motivos para recordarnos cuánto bien nos hace dar y recibir un cálido abrazo.   

“Si encuentras a una persona así, alguien a quien puedas abrazar y con la que puedas cerrar los ojos a todo lo demás, puedes considerarte muy afortunado. Aunque solo dure un minuto, o un día”. Patrick Rothfus en su libro El Nombre del Viento. 

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