martes, octubre 4, 2022
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    Mis emociones nutren mi memoria

    Realmente cuán importante es vivir nuestras emociones. Son los recuerdos que se guardan en nuestro corazón las que salvarán nuestra memoria del temido Alzheimer. Esa fue la conclusión de un experimento llevado a cabo por un grupo de médicos españoles, en un asilo de ancianos afectados por esta terrible enfermedad. 

    Según relataban, muchos de ellos vivían momentos de angustia y soledad cuando tenían esos pequeños instantes de regreso y no sabían dónde estaban, ni reconocían a las personas que los cuidaban. Intentando encontrar algo que los tranquilizara, pusieron en práctica una recomendación de especialistas que sugirieron colocarles unos audífonos, donde pudieran escuchar el tema musical que más les gustaba, aquella canción que estuviera ligada a sus vivencias, que les despertara las emociones que habían quedado anidadas en lo más profundo de su memoria. 

    La respuesta no se hizo esperar. Apenas sonaron las primeras notas, pasados unos segundos, volvió la luz a sus ojos y una sonrisa alcahueta denotaba que algo estaba registrado ahí en su alma que los llenaba de alegría, de júbilo y empezaron algunos a aplaudir, a moverse, e incluso hubo, entre los que aún podían hacerlo, que se pararon a bailar, reviviendo su emoción contenida. Retornaban a la vida, y recobraban la confianza y la tranquilidad, aunque solo fuera por unos minutos. 

    Es necesario vivir nuestras emociones. Coincido totalmente con la frase de Rafael Alberti, que dice: “Yo nunca seré de piedra. Gritaré cuando haga falta. Reiré cuando haga falta. Cantaré cuando haga falta”. Estoy convencida que esto hará que permanezca activa, viviendo mis conflictos, reconociendo mis emociones, peleando por lo que creo y luchando por lo que soy. Será como mantenerme viva, alimentando mi lucidez cada día. 

    Disfruto mucho poder expresar lo que siento y compartir mis emociones. A diferencia de otros, estoy convencida de que es sano manifestar como me afectan las circunstancias que me confrontan a diario con los demás, en mi convivencia cotidiana. Vivir como si nada pasa, como si todo está bien, por tratar de evitar el conflicto, me llevaría a negarme el derecho a existir. Ceder a cada momento por llevar la fiesta en paz, es como desaparecerme de la faz de la tierra. 

    Si bien aprender a manejar mis emociones es signo de madurez, también es necesario gestionarlas, encontrarles el cauce adecuado para hacer de ellas mi mayor fortaleza. Llorar cuando estoy triste o reír cuando estoy alegre y feliz, ni me hacen una mujer bipolar, ni me arrastran al psicólogo. Son mis motivos que originan mis estados de ánimo, la energía que me permite sentirme viva.  

    Buscar dentro de mí el origen de mis emociones me da luz y me permite aprender a reconocerme. Identifico mis reacciones ante distintos contratiempos y llevo a mi conciencia la búsqueda de soluciones que me ayudan a resolver mis diferencias con quienes me rodean. Pero dejar de decir lo que no me gusta o en lo que no estoy de acuerdo, solo por “educación”, o por consentir, por no discutir, no creo que sea lo más recomendable. 

    Enfrentar los conflictos, resolver los desacuerdos, implica respeto por los demás, pero, sobre todo, respeto por uno mismo. Aprendí desde niña a barrer bien, a recoger la basura y a ponerla en su lugar, no a esconderla tras la puerta. Mientras más se habla y se expresa lo que uno siente, lo que uno piensa, más recursos aportamos a quien nos escucha, para permitir el diálogo y defender nuestra razón. Identificamos nuestras diferencias y aceptamos nuestras limitaciones, llegando a acuerdos que hacen más fácil nuestra vida en común. 

    Dejando fluir nuestras emociones vivimos más ligeros. Evitamos almacenar rencores y emociones negativas que terminan por enfermarnos. Reír, cantar y ser cariñosos, nos atrae buenas energías que nos revitalizan y nos hacen más fácil la convivencia. No podemos evitar encontrar piedras en el camino, pero es más aconsejable detenerse y quitarlas de en medio, que vivir tropezando continuamente con el mismo obstáculo. 

    “No vemos las cosas como son, vemos las cosas como somos nosotros”, dice Séneca, de ahí la necesidad de identificar nuestras emociones, esa respuesta primaria que nos identifica y aprender a gestionarlas, que no negarlas o controlarlas, darles un espacio para vivirlas y acomodarlas de la mejor manera que apoyen nuestro diario acontecer.  

    Habré de llenar de recuerdos mi memoria, plenos de emociones positivas; empezaré por reencontrarme con mis añoradas noches de bohemia, amenizadas por entrañables voces y notas musicales acompañadas de una copa de vino, rodeada de mis amores, disfrutando y agradeciendo el estar vivos. 

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