Si como me decía mi abuelita, todo tiene una explicación lógica, alguna mala experiencia vivida en mi infancia ha marcado mi memoria y se ha quedado anidada en mi inconsciente, trayendo de repente al presente, sensaciones de miedo e inseguridad. 

Por naturaleza los niños no le temen a nada. Son muy atrevidos y exploran cuanto se les pone en el camino. Nada los detiene. Su ansia de conocer el mundo no tiene más límites que los que les imponen sus padres y cuidadores. Sin embargo, los momentos traumáticos se quedan adormilados entre sombras que habrán de enredarse con la realidad y la fantasía de la vida adulta y nos llenan de limitaciones. 

Viene a mi memoria una anécdota que mi madre contaba, narrando una de mis experiencias de mayor angustia, vividas cuando apenas tenía 6 o 7 años. Resulta que, como todos los años, Ixtlán celebraba su fiesta patronal en honor a Cristo Rey, cuando mamá decidió asistir a presenciar la tradicional peregrinación con sus danzas y carros alegóricos, llevando a toda la familia. 

En medio de aquel ambiente festivo, llegó el momento de la quema del castillo, estructura de carrizo hecha por artesanos que trabajaban la pólvora magistralmente; lleno de luces de colores y cohetes, provocaba entre los espectadores emocionados gritos y silbidos, especialmente cuando de forma inesperada, se desprendían a una velocidad increíble los temidos buscapiés, provocando una fuga en parvada, donde todos corrían por doquier, agolpándose unos contra otros. Contaba que, justo en medio de todo ese tumulto, de repente uno de los cohetes salió disparado hacia donde estábamos nosotros; rápido me solté de la mano de mi hermana y salí despavorida sin rumbo, así que me perdió de vista, en medio de una multitud cubierta de una densa nube de humo. 

Su voz llamándome, y mi chillido aterrorizado, no alcanzaban a escucharse, eran apagados entre el alboroto. Platicaba, que reunió a mis hermanos mayores para organizar una búsqueda por toda la plaza, y que no podían encontrarme. El susto que me llevé fue tan grande que no paré de correr y cuando quise regresar con mi madre, me fue imposible en medio de tanta gente. 

Cuando me sentí perdida, llorando recorrí la plaza. De prisa, entre rostros desconocidos que iban y venían alegres, sin prestarme atención. De pronto, alguien me reconoció, me tomó de la mano y me ayudó a encontrarme con mi familia.  

Fue tan grande el susto, que nunca más asistí a un evento de esta naturaleza. Siempre evité las conglomeraciones y si había juegos pirotécnicos de por medio, ni pensarlo siquiera. De niña también aprendí el miedo a los alacranes, tras sentir el inmenso dolor de su picadura, o de las víboras, al ver una en medio del corredor de mi casa, amenazando a mi madre sentada y, a mi hermana machete en macho, partir en pedazos aquel animal repugnante. 

El miedo a las aglomeraciones lo enfrenté justo cuando estuve en la ciudad de México. Regularmente, tomaba suficiente tiempo como para poder llegar puntual a mis clases y prefería usar los camiones que tenían su terminal a una cuadra de mi casa. Me iba cómodamente sentada al ser de las primeras en tomarlo.  Pero cuando hubo la necesidad de hacer un recorrido mayor, tuve que hacer uso del servicio del Metro. ¡Esas eran aglomeraciones! Ahí aprendí que cuando sabía dónde estaba y a dónde quería ir, no me sentía perdida, a pesar de mezclarse entre un millón de usuarios. 

El miedo a los alacranes, lo superé cuando fui mamá y vi un ejemplar suficientemente grande acercarse a la piernita de mi bebé. No supe cómo, pero salté sobre él de una manera increíble, con tal agilidad que yo misma me sorprendí. De serles sincera, las víboras me siguen aterrorizando, pero estoy segura que de ser necesario, igual que mi hermana, sacaría la casta para enfrentarla. 

En medio de mis confidencias, mi Prisci decía: “Enfrenta tus miedos. Al final del día, esos elefantes enormes, no son sino ratones miedosos que solo buscan donde esconderse, porque son ellos, los que tienen miedo de ti”. Creo sin duda, que fue una de sus más grandes aportaciones a mi vida. 

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