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    Soledad crónica, ausencia de contacto humano

    Luz del Carmen Parra / 25 de enero de 2021.

    A un año del primer confinamiento social en Wuhan, China, como consecuencia de la aparición del Covid-19 que dio origen a la Pandemia del Coronavirus, podemos percibir en la población, daños provocados por el aislamiento social, como el cansancio y la fatiga ocasionada por la falta de contacto humano, consecuencias de salud mental todavía difíciles de evaluar. 

    Si bien la soledad crónica estaba presente en muchos países desarrollados antes de la llegada del Coronavirus, había sido identificada como un sentimiento que acompañaba, por lo general, a las personas de la tercera edad, sobre todo jubilados o pensionados. Lo de las sociedades orientales, como Japón o China, donde se registraba un aumento de los suicidios en jóvenes, no era precisamente reconocido como una consecuencia directa del aislamiento social, sino del agotamiento provocado por el exceso de trabajo. 

    Es en el 2017, cuando la OMS publica por primera vez resultados de un estudio específico sobre las graves consecuencias que se presentan en una población que vive lo que llama una “soledad crónica”. El diagnóstico, ubicaba entre los países europeos, a Inglaterra “con 9 millones de personas que se sienten solas con frecuencia o siempre.

    El 75 por ciento de los ancianos vive sin que nadie los acompañe y 200 mil pueden pasar hasta un mes sin tener una conversación con un amigo o familiar”. Fue demoledor conocer estos datos, lo que derivó en la creación en enero de 2018, en el Ministerio de la Soledad, por parte de la Primera Ministra, Theresa May, convirtiendo su atención en un asunto de estado. Así lo registra el diario digital www.elperiodico.com

    No podemos afirmar, entonces, que fue la pandemia la que dio origen a este singular problema social en el mundo, pero lo que, no podemos dejar de reconocer, es la tragedia de ver como el sentimiento de soledad se manifiesta en la mayor parte de la población sin mediar la edad: niños, jóvenes o adultos, hombres y mujeres, a un año de la pandemia, la sentimos en una menor o mayor escala. 

    El ser humano por naturaleza es social, y la ausencia del contacto directo, nos está generando problemas mentales, derivados de la urgente necesidad de adaptación a una situación de riesgo, con un grado mayor de incertidumbre y sin los recursos emocionales necesarios para hacerle frente. Nunca nos han sido tan indispensables como ahora, un abrazo, una caricia, un apretón de manos, una palmada en la espalda, una mano en el hombro o una palabra de aliento, que acompañen nuestra soledad. 

    Como consecuencia del aislamiento social tan prolongado, hemos visto reducidas las actividades laborales, que tanto motivan a permanecer activos y enfocados en la consecución de objetivos concretos; las tareas escolares, que representan el eje central en nuestra actividad familiar y social y, sobre todo, las relaciones sociales, que tanta vida dan a lo cotidiano. 

    Cómo evitar sentirnos abandonados, solos en medio de todo esto, en una indefensión total que supera nuestra capacidad de respuesta. Todas nuestras conversaciones giran en torno a lo mismo y nadie tiene a la mano algo que pueda darnos la seguridad necesaria para descansar y relajar nuestro nivel de ansiedad. 

    Esta pandemia nos ha dado una lección muy dolorosa. Nos ha permitido recapacitar en la soledad crónica del anciano. Estamos viviendo en carne propia, la ausencia de los seres amados, la necesidad tan grande de escuchar su voz y sentir el calor de su mano, de mantenernos activos y sentirnos necesarios y comprender que una llamada telefónica, una videoconferencia y todos los recursos que nos ofrecen los grandes avances tecnológicos y aplicaciones móviles, no llenan el vacío que deja la calidez de las relaciones humanas.

    Nos ha puesto a la vista de todos, jóvenes y adultos, los estragos que causa en el ser humano la soledad, la carencia del estímulo emocional que provocan las muestras de afecto en el aislamiento voluntario, e involuntario, sin importar la edad. 

    Nos ha mostrado cuánto dependemos del contacto humano para mantener nuestra calidad de vida, para permanecer en sintonía con los sentimientos y emociones que nos conectan con los seres que más amamos y que son el motivo, sentido y razón de la misma. Nos ha señalado el camino del reencuentro con nuestra esencia como seres sociales y nos está mostrando cuándo daño nos hace la soledad, sobre todo cuando no se asume desde una decisión personal. 

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