Enrique Ochoa Reza será tristemente recordado por los priístas del país como un dirigente, insensible, incoherente, que incumplió a su palabra y a las promesas de caballero.

Ochoa Reza nunca midió sus palabras, siempre se le escucho hueco y falso.

Ofuscado, jamás reconoció que su partido demandaba un liderazgo fuerte, abierto y de unidad.

Nunca pudo recapacitar; tampoco entendió que el PRI enfrenta un proceso difícil donde a lo largo de su recorrido por los estados del país en lugar de unir provocó que muchos militantes con grandes trayectorias y militancia desangelados, optaron por irse en busca de otras mejores opciones políticas.

Ochoa Reza, siempre buscó luz propia, fue protagonista ante los medios de comunicación, pero nunca convenció ni a propios y extraños.

Los grupos políticos que lo buscaron para dialogar y llegar a acuerdos, tuvieron que aguantar el trato desaseado de Enrique Ochoa.

A pocas semanas de llegar el día de las votaciones el 1 de julio, José Antonio Meade, colocado en el tercer lugar de las preferencias electores muy por abajo, muy lejano del puntero Andrés Manuel López Obrador, logra quitar al amigo del Presidente Enrique Peña Nieto.

Quizá para el nuevo dirigente priísta René Juárez Cisneros, ya no dará mucho, le faltará tiempo para corregir los errores de su antecesor Ochoa Reza.

El cambio se hizo tarde, será difícil enderezar los graves errores cometidos.

Errores que seguramente ya lamentan, Meade, y quienes aun confían en su proyecto político desangelado y tristemente rezagado en la renovación de los poderes federales donde se vislumbra un golpe de timón.