Carlos-García. LIBROPOLITICA

Nicolás Maquiavelo fue Secretario de Asuntos Exteriores y de Guerra de la poderosa familia Medici, ésta última, linaje que gobernara Florencia a finales del siglo XV.
La mayor virtud que tenía Maquiavelo consistía en asesorar y representar diplomáticamente a Lorenzo “El Magnífico”, sin embargo, su fortuna cambió en 1513, año en que fue exiliado definitivamente a la periferia de la toscana, no obstante, nadie se imaginó que, desde aquel retiro, escribiría el tratado filosófico de ciencia política más consultado por los hombres que detentan el poder hasta nuestros días, su nombre: “El príncipe”.
Sin embargo, la obra de Maquiavelo fue comentada y mejorada por el Emperador Napoleón mientras ganaba batallas en Europa, en este sentido, la editorial Biblok Book Sport hizo una pulcra traducción en 2015 y, en ella, Bonaparte ratificó la verdad de los consejos que el florentino hiciera al príncipe, pero también; demostró en qué momentos carecían de validez, al tiempo que explicó nuevas alternativas para salir victorioso de las batallas.
Napoleón puso especial atención en el capítulo 23, titulado: “Cuándo debe huirse de los aduladores”, apartado en el cual, Maquiavelo señaló que: “todas las cortes están llenas de aduladores y los príncipes con dificultad pueden preservarse del contagio de la adulación”, sin embargo, Bonaparte añadió: “los aduladores son necesarios; necesita de su incienso un príncipe; pero no debe dejarse desvanecer con ello; y esto es lo difícil”.
En relación a lo anterior, en México, los gobernantes federales, estatales y municipales no quedan exentos a la premisa señalada, apenas toman protesta al cargo (la mayoría de las veces desde antes) y sus oídos comienzan a ser endulzados por los aduladores; quienes, en su afán de agradarles, se decantan en juzgar por excelente toda idea o proyecto que los primeros pretenden poner en marcha y, lo más grave, es que tienden a no medir las futuras consecuencias políticas y jurídicas.
Todo adulador busca beneficios, favores o cuando menos, el reconocimiento del jefe; sin embargo, éste, debe tomar una sana distancia entre lo que escucha, lo que juzga y lo que decide, no se trata de apartarse de estos personajes, pues también son de utilidad en la práctica política, ya que pueden servir al gobernante como mensajeros de adulaciones a subalternos o terceros para sondear toda clase de intenciones que pudieran perjudicarle a futuro.
Conquistar y mantener el poder requiere de dos elementos, el primero consiste en erradicar la soberbia y, el segundo en aplicar una dosis de inteligencia, ésta última se basa en conocer las dobles intenciones de quienes participan en la vida pública, ya sea como coequiperos u opositores del gobernante, sabedores que todos pueden facilitarle o complicarle la gobernanza, ésta última, premisa de la estabilidad política.
México necesita gobernantes ecuánimes y cautelosos ante los consejos o adulaciones que recibe, ya que la historia nos demuestra cómo los aduladores de Hidalgo, Morelos, Madero, Obregón, Zapata, Villa y Carranza, los llevaron al patíbulo de la desgracia.
Tal y como en el “El príncipe” citó Maquiavelo: “No hay otro medio para preservarte del peligro de la adulación más que hacer comprender a los sujetos que te rodean que ellos no te ofenden cuando te dicen la verdad”, sin embargo, Napoleón corrigió: “Consiento en ello; pero, ¿querrán decírmela?”.
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