Un niño feliz, un hombre de bien

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Luis Torre Aliyán

Lo que pasó en el Colegio Cervantes de Torreón, Coahuila, nos debe de detener a todos, a recordar porqué vivimos actualmente la violencia que vivimos en México.

Más allá de politizar, y repartir culpas, que si la izquierda, o que si la derecha; que Calderón, que El Chapo; Peña Nieto, Estados Unidos, y hasta García Luna… 

¿Y nuestra parte de responsabilidad? ¿O, tener una sociedad tan resquebrajada por la falta de valores es solo culpa de gobiernos?

Sé que esto no es una cuestión de libros sino de sentimientos, que no es una cuestión de retórica sino de acción, y que no es una cuestión de recomendaciones de terceros sino de cariño al interior de la familia, mucho menos es una cuestión de leyes y principios de Derecho sino de felicidad y de amor con el que deben crecer los niños pero, van ligadas estas últimas y, me explico.

Uno de los principios fundamentales que en materia familiar se ha obtenido de interpretar la Constitución en armonía con otros instrumentos jurídicos internacionales, es precisamente reconocer a la persona humana desde su niñez, y la necesidad de que crezcan los niños en un ambiente familiar, de felicidad, amor y comprensión para lograr un desarrollo pleno y armonioso.

Nótese que es muy difícil que en temas de estado de derecho se hable de “felicidad”, pero aquí sí, cuando se habla de la niñez debemos pensar: un niño feliz, seguro será un hombre de bien.

En gran medida, justo porque no hemos encontrado la fórmula para que nuestras niñas y niños sean en su mayoría felices, es que, como dije al inicio, enfrentamos la época violenta que vivimos.

Aquí en el Despacho me ha tocado verlo, tras un divorcio, tras un pleito por pensión alimenticia, y no se diga cuando el pleito es por la convivencia de los padres con los niños, todo esto, si no se lleva con madurez por parte de los papás, aunque involuntariamente, a quienes más afectan siempre son y serán a los niños, aunque no se note a simple vista o no lo externen, está brotando infelicidad.

Ahora, sumado a dichos ejemplos rutinarios de desintegración familiar, la falta de oportunidades, y peor aún, el mal ejemplo de que prevalezca lo material por encima de la convivencia familiar, ha hecho que tengamos niños y jóvenes vacíos y con resentimiento que, insisto, genera infelicidad que puede llegar a producir incidentes lamentables como el de Torreón.

Por eso el mensaje de hoy es para todos: si en cada hogar, si en cada familia, cada quien asume su responsabilidad, y más allá del cariño natural por el parentesco, con sensibilidad tenemos presente todo esto con los niños que nos rodean, estoy seguro que podremos contribuir con contar con una niñez más feliz, y por tanto con más mujeres y hombres de bien.