Discurso del presidente de México, en el acto en defensa de la dignidad nacional y en favor de la amistad con EEUU, en Tijuana, Baja California

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Amigas y amigos de México y de Estados Unidos,
Representantes del Poder Legislativo,
Gobernadores,
Servidores públicos municipales, estatales y federales,
Representantes de comunidades indígenas, campesinos, obreros, empresarios,
Religiosos, migrantes,
Amigas y amigos todos,

Estados Unidos y México no son vecinos distantes. Comparten una frontera de tres mil 180 kilómetros de largo, ejercen una influencia cultural mutua y las historias nacionales de nuestros países están entrelazadas en numerosos episodios de hostilidad, pero también de cooperación y entendimiento.

El gran zarpazo de 1847, y las intervenciones del Siglo XX en nuestro territorio, amén de otros agravios, han tenido una contraparte en la amistad entre gobiernos y la fraternidad de los pueblos de ambas naciones. Por ejemplo, el presidente Benito Juárez recibió una invaluable ayuda de Abraham Lincoln en su lucha contra los invasores franceses y en otros momentos Estados Unidos dio refugio a próceres de nuestra historia como Mariano Escobedo, Vicente Riva Palacio, Francisco I. Madero y José Vasconcelos. No se nos olvida que desconocieron al usurpador Victoriano Huerta, en 1913, quien se había hecho del poder tras un golpe de Estado.

Más aún, muchos periodistas, dirigentes sociales y políticos de nuestro país, optaron por combatir a la dictadura porfirista desde el territorio estadounidense para poner a salvo sus vidas porque, en ese entonces, mientras en Estados Unidos se aplicaba la ley y se les castigaba con cárcel, en México se les tiroteaba por la espalda, se les aplicaba la famosa y terrible “ley fuga”.

Más adelante, los gobiernos de Franklin Delano Roosevelt y de Lázaro Cárdenas mantuvieron relaciones ejemplares a pesar de la Expropiación Petrolera de 1938; unos años después México peleó al lado de Estados Unidos en la Segunda Guerra Mundial, no sólo con los aviadores mexicanos del Escuadrón 201 que combatieron en el Pacífico sino, también, enviando al país vecino a trabajadores, braceros que contribuyeron a garantizar la producción de alimentos y materias primas en Estados Unidos.

A mediados del siglo pasado la tecnología y los bienes de capital procedentes de nuestros vecinos del norte fueron fundamentales para el proceso de industrialización impulsado en nuestro país; hacia los años de 1960 dieron comienzo los programas para el desarrollo de la Frontera Norte, con el apoyo del progresivo comercio bilateral. Con el crecimiento de nuestra economía y del mercado interno, las empresas de Estados Unidos encontraron una atractiva zona de inversión y casi todas las grandes corporaciones establecieron filiales en ciudades nuestras.

En 1993 ambos países, además de Canadá, firmaron el Tratado de Libre Comercio de América del Norte, con lo que se constituyó uno de los principales bloques económicos del mundo. En consecuencia, en 1995, el gobierno de Washington otorgó un apoyo financiero extraordinario para superar la devaluación del peso y la crisis financiera que se presentó al concluir la administración de Carlos Salinas e iniciar la de Ernesto Zedillo.

Una de las consecuencias de la imposición del modelo neoliberal en nuestro país fue la expulsión masiva de población de sus lugares de origen, la pérdida de empleos en una industria desmantelada y, con ello, el mayor flujo de refugiados económicos de nuestra historia. Millones de compatriotas nuestros cruzaron el Río Bravo en busca de subsistencia económica y de mejores horizontes de vida y hubieron de enfrentar la discriminación, los atropellos y la persecución policial, pero también se registraron sublimes manifestaciones de apoyo y solidaridad de una buena parte de la sociedad estadounidense.

En la actualidad, Estados Unidos tiene una comunidad mexicana formada por unos 36 millones de personas, de las cuales 15 millones son nacidas en México. Esa población realiza un aporte fundamental a la economía y a la cultura del país vecino y su participación política allí es cada vez más relevante. Hay en ella más de un millón de emprendedores; además, los mexicanos realizan el 30 por ciento de las labores agrícolas, el 20 por ciento de las tareas en la construcción y el 15 por ciento en la industria turística. En contraparte, esos compatriotas contribuyen a la economía mexicana con remesas por más de 33 mil millones de dólares anuales. Un dato poco citado es que en México residen cerca de un millón 200 mil estadunidenses; es decir, nuestros dos países son protagonistas del mayor intercambio demográfico del mundo.

Por lo demás, así como la nación vecina constituye el principal destino para las exportaciones mexicanas, la nuestra es también el mercado más importante para las exportaciones estadunidenses.

Es en este contexto, y en vísperas de la conclusión del Tratado México-Estados Unidos-Canadá (T-MEC), que se presenta la decisión unilateral del presidente Donald Trump de imponer un arancel generalizado y progresivo a las exportaciones mexicanas a Estados Unidos.

Se trató de una medida que respetamos pero que no compartimos porque de aplicarse hubiese causado un daño importante en ambas economías y debilitado en forma significativa la alianza comercial de la región.

Por fortuna, desde el principio, hicimos propuestas al gobierno estadounidense para resolver de fondo el fenómeno migratorio y eso contribuyó mucho en las intensas negociaciones que se celebraron en Washington.

También abonó para llegar al acuerdo de ayer la decidida postura de mantener una política de respeto y buena vecindad con el gobierno de Estados Unidos y de fraternidad con su población. Aprovechamos para decirle al pueblo estadounidense, una vez más, que no abrigamos ni abrigaremos intención alguna de perjudicarlo y que estamos resueltos a colaborar con él en todos los ámbitos, especialmente ante la preocupación que suscita el crecimiento del flujo migratorio hacia su país.

Asimismo, acudimos a su comprensión porque el fenómeno migratorio no surge de la nada, es originado por las carencias materiales y la inseguridad en los países centroamericanos y en sectores y regiones marginadas de México, en donde hay seres humanos que necesitan emprender todo un peregrinar para mitigar su hambre y su pobreza o para preservar sus vidas.

Hemos expresado que resolveremos el fenómeno migratorio atacando sus causas profundas, es decir, mediante el impulso al desarrollo y la construcción del bienestar y la paz, y en México lo estamos haciendo. Pero para aplicar esta propuesta en las naciones de Centroamérica y el Caribe es indispensable el concurso de Estados Unidos, de Canadá y de otros países desarrollados.

Quiero mencionar un dato conmovedor: de los 521 mil migrantes que ingresaron a nuestro país por la frontera sur, en el curso de este año, con la intención de llegar a Estados Unidos, 159 mil 395 son menores de edad y 43 mil 875 viajaron solos. Es claro que, ante esta realidad amarga y dolorosa, no se puede orientar la solución solo a cerrar fronteras o al uso de la fuerza. Lo más eficaz y lo más humano, es enfrentar el fenómeno migratorio combatiendo la falta de oportunidades de empleo y la pobreza, para lograr que la migración sea opcional, no forzada.

En consecuencia, reafirmamos nuestro compromiso de contribuir a evitar que los migrantes atraviesen el territorio nacional para alcanzar el de Estados Unidos, pero jamás lo haremos violando los derechos humanos de los viajeros, empezando por el derecho a la vida.

Bajo este criterio, siempre será injusto el que se pretenda castigar a México por proponer un alto a la migración mediante el impulso al bienestar y la seguridad en sus puntos de origen y por procurar la fraternidad entre las sociedades y los pueblos.

Celebramos el importante acuerdo de ayer porque se nos estaba colocando en una situación muy incómoda, la de tener que aplicar a ciertas mercancías de Estados Unidos, restricciones comerciales similares a las que se iban a imponer a exportaciones mexicanas.

Confieso que como ciudadano rechazo los actos de represalia y la ley del Talión; soy un pacifista convencido, inspirado en los ejemplos de Mahatma Gandhi, de Martin Luther King y de Nelson Mandela. Sin embargo, como jefe y representante del Estado mexicano, no puedo permitir nada que atente contra la economía de nuestro país y menos que se establezca una asimetría injusta, indigna para nuestro gobierno y humillante para nuestra nación.

Ayer se impuso la política sobre la confrontación y debo reconocer que hubo voluntad para buscar una salida negociada al conflicto de parte del presidente Donald Trump y de sus principales colaboradores.

Al presidente Donald Trump no le levanto un puño cerrado, sino la mano abierta y franca, y le reiteramos nuestra disposición a la amistad, el diálogo y la colaboración.

Manifestamos, asimismo, nuestra determinación de mantenernos al margen de los asuntos internos de nuestro vecino y cercano país, en congruencia con nuestra política de principios, de que no haya injerencias extranjeras en las decisiones que solo competen a la soberanía de nuestro pueblo.

Estoy orgulloso del trabajo profesional, político y diplomático de la delegación mexicana que estuvo a cargo de este complejo asunto, encabezada por el secretario de Relaciones Exteriores de México, Marcelo Ebrard. Agradezco también la solidaridad de los mexicanos, de todas las clases sociales, de todos los sectores, de todas las corrientes del pensamiento, que no titubearon en manifestar su apoyo en la defensa de la dignidad de México y en preservar la amistad con el pueblo de Estados Unidos.

¿Qué sigue? Cumplir puntualmente los compromisos, reforzar nuestra frontera, aplicar la ley y respetar los derechos humanos. Promover la aplicación inmediata del programa de desarrollo de la CEPAL para impulsar las actividades productivas y crear empleos en Centroamérica y en el sur-sureste de México. Desde la semana próxima estaremos ofreciendo oportunidades de empleo, educación, salud y bienestar a quienes esperen en México su solicitud de asilo para ingresar legalmente a Estados Unidos.

Agrego que existen condiciones políticas inmejorables para conseguir, en tiempo y forma, la ratificación en la Cámara de Senadores del Tratado de Libre Comercio entre México, Estados Unidos y Canadá.

Amigas, amigos:

México es un país con muchas riquezas naturales, con un pueblo noble y trabajador. Tenemos la herencia de grandes civilizaciones y de culturas practicantes de una ética social extraordinaria, que nos han dejado el hábito y la enseña mayor de poner por delante el amor al prójimo, la ayuda mutua y “el hacer el bien sin mirar a quién”.

Si a pesar de nuestras diferencias, como lo demostramos en estos días, actuamos juntos, sin odios, con honestidad, humanismo y sentido de la justicia, seremos cada vez más fuertes en el concierto de las naciones y capaces de remontar cualquier adversidad para consumar el gran objetivo de construir una patria nueva, próspera, pacífica y fraterna en la que reine por siempre el ideal del bienestar y la felicidad.

¡Viva México!

¡Viva México!

¡Viva México!