
La Columna Política
El presidente municipal de Metepec, Fernando Flores Fernández, no solo encabeza un gobierno que ha sido señalado por diversos sectores por decisiones cuestionables y una administración centrada más en la imagen que en los resultados de fondo. Ahora, nuevamente, su nombre ocupa titulares por un episodio que nada tiene que ver con las responsabilidades de gobierno y mucho con la forma en que entiende el ejercicio del poder.
Las imágenes que circularon ampliamente en medios locales y nacionales muestran al alcalde involucrado en un altercado dentro de un club deportivo del municipio si bien no se ve que el golpee, es evidente que su participación no era para llegar a dialogar y remediar por el diálogo el problema. Más allá de lo que determinen las autoridades o de lo que jurídicamente pueda acreditarse, el asunto de fondo no está únicamente en el video. El verdadero atolladero es lo que revela sobre la toma de decisiones de quien gobierna uno de los municipios más importantes del Estado de México.
Un alcalde debe actuar con prudencia, mesura y responsabilidad. Sin embargo, la escena observada refleja todo lo contrario: una reacción impulsiva, visceral y poco compatible con la investidura que representa. Independientemente de que sea socio del lugar o de las circunstancias que hayan originado el conflicto, resulta difícil justificar la presencia de personal de seguridad armado en un asunto de carácter privado.
La discusión no debería centrarse exclusivamente en si hubo o no una agresión física “que la hubo” por parte de alguien cercano al alcalde más.
La verdadera pregunta es por qué un presidente municipal decidió involucrarse personalmente en una confrontación de esa naturaleza. Los ciudadanos eligen gobernantes para resolver problemas públicos, no para protagonizar y resolver conflictos personales.
El episodio también deja en evidencia una preocupante desconexión entre el alcalde y la realidad que viven miles de habitantes de Metepec. Mientras los ciudadanos enfrentan problemas cotidianos relacionados con servicios públicos, seguridad y desarrollo social, la atención pública termina concentrada en un hecho que pudo evitarse con algo tan simple como la prudencia.
A ello se suma el manejo posterior de la crisis. El mensaje difundido por el propio alcalde buscó explicar su actuación; sin embargo, terminó generando más preguntas que respuestas. Si, como afirmó, acudió a atender una llamada de auxilio o una situación de riesgo, entonces surge una interrogante inevitable: ¿reciben todos los ciudadanos de Metepec el mismo nivel de atención directa por parte de su presidente municipal?
Si cada reporte vecinal, cada denuncia de inseguridad o cada solicitud ciudadana obtuviera una reacción tan inmediata, Metepec sería un referente nacional en materia de atención gubernamental. La percepción que queda, sin embargo, es distinta: que existen casos que reciben una atención privilegiada mientras otros permanecen sin respuesta.
Tampoco puede pasarse por alto el papel de su equipo de comunicación, imagen y asesoría política. Si existen asesores, su función principal es prevenir precisamente este tipo de crisis. Desde el momento en que se recibió la llamada que posteriormente justificó su presencia en el lugar, alguien debió advertirle que involucrarse personalmente representaba un riesgo político innecesario.
Más preocupante aún es el mensaje simbólico que deja el episodio. Un gobernante debe transmitir serenidad, capacidad de diálogo y liderazgo. Lo ocurrido proyecta exactamente lo contrario: confrontación, impulsividad y una preocupante incapacidad para dimensionar las consecuencias de sus actos.
Para rematar, días después del escándalo aparecieron publicaciones del alcalde practicando boxeo. En otro contexto sería una actividad deportiva perfectamente normal. Sin embargo, después de una polémica relacionada con un altercado físico, la imagen resulta cuando menos desafortunada y evidencia una preocupante falta de sensibilidad política.
Los partidos que lo postularon, Acción Nacional y el Partido Revolucionario Institucional, también deberían reflexionar sobre el mensaje que envían cuando guardan silencio frente a conductas que terminan dañando la imagen institucional que pretenden construir. Lo ocurrido no afecta únicamente a Fernando Flores Fernández; impacta también a las fuerzas políticas que lo respaldan y a quienes aspiran a sucederlo.
La discusión de fondo no es jurídica ni personal. Es política. Los ciudadanos tienen derecho a preguntarse si este comportamiento corresponde al de un alcalde que gobierna para todos o al de un personaje que ejerce el poder bajo sus propias reglas.
Porque, al final, la fuerza que necesita Metepec no es la de los puños ni la de las escoltas. Es la fuerza del trabajo, del diálogo, de la capacidad de gobernar y de la responsabilidad pública.
Si me lo cuentas con santo y seña, lo publicamos.
