
Estamos vivos porque nuestra madre cuidó de nosotros desde que tenía 23 años: nos alimentó, vistió y atendió. Alicia Esparza se encargó en Parral de que tuviéramos educación, dónde vivir, qué vestir y con qué jugar. Cuando nos enfermamos, estuvo ahí, cuidándonos. Ahora alcanza los 90 con una salud de hierro forjado, pero avanza a ciegas por el túnel de la ancianidad.
Ahora se han invertido los papeles y nos toca cuidarla, llamarla, procurarla, acompañarla. Y no se trata solo de solidaridad, humanidad y empatía, sino de un compromiso fraterno, digno, noble trabajo, ardua labor y paciencia, recordándole día de la semana, persiguiendo sus lentes, escuchando repetidamente la huella de su vida, lugares, nombres y reiteradas frases.
En esas horas de plática hablamos de su historia, emocionada por gentes que ya desaparecieron como si estuvieran de cuerpo presente, a través de un teatro de sombras mortuorias. En el río de la vida, también requeriremos que alguien nos cuide, escuche, asista. Personas cuidadoras somos todos. Cuidar o ser cuidado es garantía de supervivencia e inconmensurable amor.
